En noviembre de 2025, Damián Quintero ejecutó en El Cairo su última kata en competición y colgó el karategui donde más sentido tenía: en el lugar exacto donde la élite obliga a mirarse a uno mismo sin escapatoria. No fue un adiós con grandes anuncios ni con una confesión pública inmediata. Fue, como tantas cosas en su carrera, un ejercicio de contención, con el rostro que bien conocen los que han estado a su lado. Todos estuvieron en un merecido homenaje en el COE que no se puede considerar un adiós.
El dolor del Cairo
Quintero se retiró con una lesión seria -un desprendimiento del tendón semitendinoso de la rodilla-, compitió infiltrado y no quiso revelarlo hasta pasados unos meses. Una acción simbólica de su forma de ser. Este martes, en la sede del Comité Olímpico Español, su silencio encontró respuesta: el deporte le devolvió, en forma de homenaje, todo lo que él había entregado durante más de dos décadas.
La escena fue la de los días importantes: instituciones, familia, compañeros, médicos, técnicos, patrocinadores y amigos reunidos en una sala desde la que se explcaron 130 medallas. Alejandro Blanco, presidente del COE; Antonio Espinós, presidente de la World Karate Federation; y Antonio Moreno, presidente de la Federación Española, encabezaron un acto íntimo.
Se vio en los nombres y se en las miradas: desde José Ramón López Díaz-Flor, exdirector de la Blume, al psicólogo Pablo del Río; desde Javier Hernanz (presidente de la Federación Española de Piragüismo) a Iván Leal, actual seleccionador nacional de kumite -pero sobre todo amigo-, desde excompañeros de tatami como Sergio Galán o Pepe Carbonell a personas que han formado parte del engranaje invisible que sostiene a un campeón de los que necesitan impostar parra abrirse al mundo.
Entre todos, una presencia lo explicaba todo sin decir una palabra: su pequeña hija, Catalina —Cata—, atenta a cada intervención. En 2025, Quintero fue padre, y la paternidad se convirtió en el punto de fuga de su nueva etapa, a la que se acostumbró como hizo antes a la rutina victoriosa. En la que le acompañó, como cada día de su vida, Casandra Busto, su mujer, el otro pilar de una carrera que se ha construido entre viajes, ciclos olímpicos, concentraciones, lesiones, disciplina y esa forma de vida en la que el cuerpo siempre llega un paso antes que la emoción.
“No soy de llorar, pero…”
El homenaje arrancó con un gesto sencillo: mirar hacia atrás. Poner nombre a lo que normalmente se resume con un titular. “Hoy queremos detener el tiempo y mirar hacia atrás y dar las gracias”, se escuchó al inicio. Y, de inmediato, el peso del palmarés dejó de ser una estadística para convertirse en una especie de mapa vital: “más de 130 medallas”, “subcampeón olímpico”, “haber llevado el karate español a lo más alto”. Luego llegaron los agradecimientos que, en realidad, explican una trayectoria más que cualquier récord: “Gracias a tus padres por haberte llevado un día a un tatami… si no hubiera sido por ellos, hoy no estaríamos aquí”.
Cuando le tocó hablar a Quintero, el clima ya estaba definido: emoción sin dramatismo, rigor sin frialdad y unos ojo vidriosos que se mantuvieron hasta el final del acto. “No soy de llorar, pero estoy que lo mismo se me cae una lagrimilla”, avisó, antes de que la voz le traicionara lo justo para que nadie dudara de que aquel acto no era una ceremonia, sino un cierre humano. “Estoy relajado. Creo que lo he dado todo hasta ese último Mundial”, explicó.
Y ahí el acto cambió de tono: porque El Cairo dejó de ser un lugar en el mapa para convertirse en el símbolo de su forma de ser. “Competí lesionado con un desprendimiento en el tendón semitendinoso de la rodilla. Tuve que competir infiltrado. Llegué con la frustración por no llegar bien, pero revertí la situación y salí a competir”. No lo contó como una gesta épica; lo contó como una verdad inevitable. Como un hombre que, llegado el final, se permite ponerle palabras al dolor que antes prefería guardar.
Quintero lo formuló con un matiz revelador: no quiso decirlo entonces porque no quería fallar “a la gente que me apoyaba”. Incluso admitió que intentó ocultarlo “en lo social”, para que nada desviara el foco. Es una frase pequeña, pero carga con el ADN del competidor: el que prefiere salir al tatami con la rodilla rota antes que abrir una grieta en el relato colectivo de equipo, federación, patrocinadores y familia. El suyo podría ser un deporte individual, pero él lo convirtió cada éxito en un evento compartido.
Más de 130 medallas en dós décadas
En el homenaje hubo emoción, sí, pero también datos. Y las cifras en un deportista como Quintero son la prueba de que la leyenda se sostiene. Han sido más de dos décadas en el tatami en las que acumuló 131 medallas: 92 internacionales y 39 nacionales. Fue número uno del ranking mundial, plata olímpica en Tokio, y se mantuvo en el podio de los Europeos desde su irrupción en 2004, con 19 años, cuando ya era subcampeón continental.
En Europeos, hasta su retirada, sumó 26 medallas: 11 oros (siete individuales y cuatro por equipos), 12 platas (seis individuales y seis por equipos) y tres bronces (por equipos). En 2013 y 2015 firmó dos de esos hitos que definen carreras largas: los ‘dobletes’ continentales, campeón de Europa individual y por equipos en un mismo año.
En Mundiales debutó también en 2004 y, entre otros resultados, se colgó un oro (2014), tres bronces por equipos (2010, 2016 y 2024) y cuatro platas individuales (2016, 2018, 2021 y 2023). En la Premier League de karate, acumuló 37 medallas (12 oros, 13 platas y 12 bronces). Y en los Juegos Europeos, su caso es singular: es el único karateka con tres oros en tres ediciones (Bakú 2015, Minsk 2019, Cracovia 2023). A ese listado añadió dos platas en los World Games (Breslavia 2017 y Birmingham 2022) y un oro en los World Beach Games (Doha 2019).
Hay un punto en el que tantas cifras dejan de parecer una enumeración y pasan a funcionar como una idea: continuidad. Ese fue uno de los mensajes más repetidos. Antonio Espinós lo formuló desde la autoridad institucional, pero también desde la admiración personal: “Damián ha estado más de 20 años en la cima. Ha aportado muchísimo no solo por sus éxitos, sino por su imagen y lo que ha representado en el deporte y en el kárate”. El presidente de la WKF fue más allá, con un aviso que suena a sentencia: "Es difícil que alguien pueda superarle. No solo por lo que ganó, sino por el tiempo que tardó en dejar de ganar." Mantenerse en lo más alo es lo que convierte un palmarés en una época para Damián Quintero.
“Damián es la imagen del karate español”
Para Antonio Moreno, presidente de la Federación Española, “Damián es la imagen del karate español”. Y el gesto concreto del homenaje fue el que mejor se entiende en el papel: la entrega de la insignia de oro y brillantes de la Federación. Moreno rememoró además el punto en el que muchos vieron lo que venía: 2013, la victoria ante Luca Valdesi. En sus palabras apareció el detalle de los entrenamientos que, para el resto, podían ser rutina y, para Quintero, eran obsesión de campeón: “Si alguien hacía 10 o 50, él hacía más”. Ese “hacer más” no es una frase motivacional; es una explicación cultural de un atleta.
Lo sabe bien José Alburquerque, su entrenador desde 2022, también presente en el acto. Quintero lo explicó con una frase que retrata el filo de la carrera deportiva: Alburquerque llegó “después del sueño olímpico, cuando parecía que Damián Quintero se había acabado”. El técnico, por su parte, soltó uno de esos elogios que solo se escuchan cuando la relación ha sido de verdad: “A nivel de entrenamiento no me he encontrado una persona más profesional que él”.
Esto les llevó a planificar de verdad. “Hablamos clara y directamente de los objetivos, de lo que se pretendía y cómo tenía que afrontarlo”. Y también se subrayó algo que suele quedar fuera del foco: coordinar vida personal y entrenamiento. “Conciliamos vida, entrenamiento y vida personal”. En el papel puede sonar redundante; en la vida de un atleta, es el centro del problema.
Iván Leal, amigo y seleccionador de kumite, aportó una perspectiva que mezcla admiración y convivencia. Definió al homenajeado como “la persona más auténtica que te puedas encontrar” y lo situó en el futuro: “Es una pieza clave para el futuro del karate y del deporte mundial”. En el relato del acto hay una idea que se repite: Quintero ha sido ejemplo incluso para quienes no compartieron su modalidad o su carácter. La autenticidad, a veces, incomoda; pero también ordena.
Si el acto tenía una columna sentimental, era Casandra Busto. No habló como “la esposa de”, sino como quien ha vivido el proyecto desde dentro. Lo definió con una palabra: disciplina. “Es una persona constante, que no se rinde. Me complementa. Yo veo el vaso medio vacío y él medio lleno”. Alguien que lo pasó muy mal cuando leyó la noticia de la cancelación de lo JJOO de Tokio, que en realidad fue un aplazamiento. Había vivido toda la tensión de una preparación que se convirtión en una obssión.
No era para menos, porque la cita nipona apareció como un refuegio olímpico para los karatecas que desaparecería en París. Una inclusión en el programa olímpico que en su caso se saldó con una plata que todos reconocen como un oro olímpico, de no haber sido por un juicio injusto. Una presea dorada que sí pudo conseguir Sandra Pérez en la modalidad de kata femenino.
Las obligaciones tras la retirada
El presidente del COE cerró el acto con un discurso que quiso evitar una palabra: despedida. “Damián Quintero es una persona y un deportista 10. Es un embajador del karate y del deporte. El mejor embajador olímpico. Es espectacular que haya estado 20 años en el medallero. Has sido una referencia mundial”, dijo. Y remató con una frase que, en el COE, tiene peso real: “Esta será siempre tu casa”.
Blanco insistió en los valores, ese elemento que en el olimpismo funciona como vara de medir: “En tu camino han estado los valores de respeto y disciplina; eres un gran ejemplo”. Subrayó la constancia como grandeza y habló de “huella” construida “pisada a pisada”, afrontando “lo bueno y lo menos bueno”. En un homenaje así, el elogio podría quedarse en lo obvio. Pero Blanco quiso abrir un futuro: dejó la puerta abierta a que Quintero colabore con el COE, porque no se imagina la institución sin él.
Y Quintero, en paralelo, dibujó su propia puerta. A sus 41 años, admitió que “no” se ve “como entrenador”, pero sí vinculado a la “gestión deportiva”. En su discurso apareció una preocupación que ya no es individual: el relevo. Quintero confía en el “trabajo duro” federativo para que los “relevos no sean duros”. “Son camadas que van saliendo y ciclos que van ocurriendo”, dijo, con esa forma de hablar de quien ha vivido el deporte como una sucesión de estaciones.
La foto final y lo que queda
El Cairo quedó flotando en la sala como una escena final. No por el resultado, sino por lo que significó: competir con dolor, con miedo a no llegar, con la frustración convertida en combustible. Quintero explicó que pensó que lo había “perdido todo” un mes antes del Mundial y que lloró como casi nunca. En el homenaje, esa escena no se utilizó para alimentar épica, sino para explicar una forma de vida.
Tras la placa del COE, llegó la foto de familia. En este tipo de actos, la imagen final suele ser un trámite. Aquí parecía otra cosa: un cierre de ciclo. Instituciones, técnicos, amigos, familia, compañeros; el pasado y el futuro en una misma fila. Quintero se fue del COE con dos distinciones físicas —la placa del COE y la insignia de oro y brillantes— y con una certeza verbal.
“Estoy satisfecho con todo lo que he hecho. Me veo con un futuro maravilloso con mi hija, que es el amor de mi vida junto a mi mujer”, aseguró. En el papel, esa frase es un punto y aparte. Por eso el acto no tuvo aire de despedida. Tuvo aire de devolución. Damián Quintero, el karateka que hizo del kata un idioma propio, recibió en el COE el abrazo largo de quienes entienden que la constancia es lo que convierte a un deportista en referencia. Ahora, un merecido descanso, aunque su mente de ingeniero aeronáutico nunca deje de trabajar. Gajes de un oficio que defendió hasta las últimas circunstancias.