«O hacemos borrón y cuenta nueva o nos vamos a la mierda todos... Todos», dijo el capitán Francho Serrano hace apenas tres días en un desesperado grito de auxilio destinado a su gente, esa que lleva al Real Zaragoza en las entrañas. Entre líneas, el canterano admitió que esta lenta agonía es producto del sindiós que es el club desde hace tiempo, plagado de gente a la que esto le importa esa mierda a la que Francho se refirió para referirse a una salida del fútbol profesional que hace tiempo que parece inevitable.
Horas después de esa comparecencia, salió Sellés a no decir nada. La frialdad del técnico, que lleva aquí tres cuartos de hora, contrastaba con las sentidas palabras de su capitán. Es la diferencia entre llevar algo en el corazón y sentir dolor en el alma a sufrir solo por haber fracasado.
Luego habló la afición para convocar una pitada masiva en el minuto 32 como protesta hacia un club al que, como al equipo, hace tiempo que no reconocen. Así que el partido ante el Burgos iba a ejercer de juicio sumarísimo y plebiscito pero, sobre todo, debía confirmar que el Zaragoza, como habían dicho antes su capitán y su entrenador, «no está muerto». Mentira. No hay vida en torno al equipo ni al club. Todo está podrido hasta el punto de ser irreconocible. Y eso alcanza a una afición que no hace mucho habría montado la mundial incluso en un estadio modular convertido ya en un cementerio donde el silencio dice mucho más que el ruido, del que, por cierto, no hubo mucho en esa protesta masiva que, para colmo, coincidió con una revisión del árbitro en el VAR.
Más bulla hubo al final, cuando la afición estalló contra un palco donde se acumularon las deserciones, entre ellas, las del inefable Mariano Aguilar, al que no se le vio el pelo, y el director deportivo Txema Indias. Aguantaron el chaparrón el director general Fernando López y un consejero que acaba de llegar, Guzmán Pérez-Ayo, y que, seguramente, es el que menos culpa tiene de todo lo que está pasando. Así es este Zaragoza que se va a la mierda. Un club en el que nadie da la cara porque está plagado de cobardes.
No hay nada peor que la muerte de un ser querido, pero entre todos han conseguido que casi ni duela. Porque es mucho mayor la rabia, la vergüenza y esa insoportable sensación de vacío que el zaragocismo mostró durante todo un partido en el que hubo un puñado de cánticos que apenas encontraron seguimiento en el resto de la grada. El más recurrente, «directiva dimisión» fue el que sonó con más fuerza al final del choque.
Pero fue mucho más elocuente ese silencio desgarrador que lo presidió todo. Porque no hay palabras, gritos ni protestas capaces de describir la orfandad que siente una afición ultrajada, maltratada y despreciada por lo que más quiere. Y que, además, tiene que soportar reproches y acusaciones de tibieza por parte de un entrenador que ha fallado incluso a los que más lo defendían. Su falta de valentía a la hora de dar un paso atrás o al costado le convierte en cómplice. Sus números (una victoria en doce partidos de Liga), le pondrán en la calle, como siempre en este club, más tarde de lo debido. Ni hubo salida en tromba ni ojos inyectados en sangre ni gritos de guerra. Todo fue, más o menos, como siempre. Eso sí, sin la desidia exhibida en Andorra. Uno de esos pasos adelante de los que tanto presume Sellés.
Se va a la mierda un Zaragoza al que no reconoce ni la madre que lo parió. Todo es podredumbre y porquería. El hedor es tan insoportable como la continuidad en el cargo de los principales responsables de esta tragedia. No se salva nadie. Propiedad, consejo, presidencia, direcciones generales y deportiva, entrenadores y una plantilla indigna del escudo que lleva en el pecho. El Zaragoza se va a la mierda. Y todos con él.